Los géneros Agave L. y Opuntia Mill, historia en las civilizaciones prehispánicas y primeras noticias en la literatura botánica e histórica española posterior a la conquista.

 
      Dos géneros destacan en la literatura botánica e histórica española posterior a la conquista: Agave y Opuntia. Es en el Nuevo Mundo, conquistado por los españoles, donde encontramos en principio las primeras referencias de esta época. Por ejemplo, Rowley (in Jacobsen, 1954), indica que el pulque fue introducido alrededor del año 833 por una dama azteca llamada Xochitl. Esta bebida, como más adelante veremos, se produce por la fermentación del zumo azucarado del maguey, Agave. Agave es también la primera suculenta de la que pervive una ilustración, siendo representada en esta época en una crónica de 1530, cinco años antes de las figuras conocidas de Cereus Mill. y Opuntia en el Manuscrito Badianus, un herbal azteca de 1552. Hay también dos vagas representaciones que parecen pertenecer a la familia Crassulaceae. El periodo azteca en México pervive desde alrededor de 1200 a 1600, y está marcado por un alto nivel cultural, junto con rituales de sangre, uno de los cuales consistía en clavar cactus espinosos a las víctimas. Es conocido el cultivo de Nopalea Salm-Dyck en plantaciones para el cultivo de la cochinilla (Rowley, in Jacobsen, 1954).  
      El género Agave está compuesto por especies ya cultivadas por los hombres mesoamericanos desde hace 10.000-8.000 años a. C., como lo atestiguan restos de hojas mascadas y fibras encontradas en cuevas de Coahuila y el Valle de Tehuacán (García-Mendoza, 1992). Sin embargo, la domesticación de algunas especies como el A. salmiana Otto ex Salm. (A. cochlearis Jacobi), parece haberse iniciado hace unos 3.500 años (García-Mendoza, 1992). Otros autores piensan en 9.000 años de antigüedad respecto a esta relación, basándose en estudios sobre coprólitos (Callen, 1965), ya que se observó que el género Agave entraba en la dieta del hombre mesoamericano junto con géneros como Setaria P. Beauv., Ceiba Mill., Cactus L., Cucurbita L., Capsicum L., Amaranthus Adans., Dyospiros L. y Zea L. El trabajo arqueológico descubrió que las fibras eran utilizadas en la manufactura de vestidos, datados en 7.000 años a. C. (Byers & al., 1975).
     El origen del estudio del género Agave lo encontramos en la cultura azteca precolombina. Los aztecas realizaron una precisa clasificación de sus plantas (Lozoya, 1984), siguiendo una nomenclatura binomial anterior a la linneana, siendo empleado el idioma náhuatl, polisintético, en una sola palabra, que sirve de nombre al vegetal, donde se incluyen las características de género y especie que conforman la propiedad, color, forma o uso de la planta dentro de un orden coherente y sistemático (Lozoya, 1984). Los americanistas mexicanos, hablan de una nomenclatura sistemática natural algo análoga a la de Linneo (Pardal, 1998).
      Otros autores han descrito una clasificación completa llamada nomenclatura pictórica, en la cual el símbolo de orden superior daba el nombre genérico, mientras la adjunción de otro símbolo determinaba la especie, pudiendo así transmitirse y generalizarse por medio de dibujos (Pardal, 1998).
      El interés por la botánica en el pueblo azteca era tal que mucho antes de que los senados de Padua y de Pisa crearan en 1.543 y 1.546 los jardines botánicos que se tuvieron por los primeros del mundo, habían organizado los suyos propios, existiendo jardines en Tenochtitlán, en Chapultepec, Tetzcotzinco, Itztlapalapán, Huaxtepec y otros lugares (Pardal, 1998). Autores del siglo XVI, posteriores a la conquista, como B. Díaz del Castillo (2000), en su célebre Historia de la Conquista de México, hablan admirados del jardín de Tenochtitlán, y de la colección de plantas y de hierbas medicinales con las que contaba. El jardín de Tetzcotzinco era, a decir de Hernández (1649), notable en plantas medicinales cultivadas. En el afán de aumentar su repertorio de plantas útiles y medicinales, llegaron a establecer la costumbre de imponer como tributos a los pueblos que sometían o conquistaban, el envío de plantas para ser cultivadas en los parajes reales; así, comenta Fray Diego de Durán (1867), que diariamente llegaban a Tenochtitlán envíos de plantas que los vasallos sometidos plantaban en los jardines reales. Los antiguos mexicanos reconocían, entre otros, los géneros tomatl (tomate), metl (maguey o ágave) y yoyotli (calabaza), que fueron incorporados íntegros en la nomenclatura moderna. (Lozoya, 1984).
      Durante el florecimiento de las culturas mesoamericanas, las Agaváceas jugaron un papel muy importante, proporcionando al hombre alimento, calor, techo, vestido, medicina, bebida, uso religioso, ornato, muebles, implementos agrícolas, forrajes y otros usos diversos. Llegaron incluso a deificarla como la diosa Mayahuel, la diosa del maguey, presente en numerosos códices, en los que aparece saliendo de un maguey o bien al lado de él (Goçálves de Lima, 1956).
      Desde el punto de vista histórico la bibliografía referente al género es extensa. La primera cita conocida de las especies de este género se la debemos a Hernán Cortés (cf. Colmeiro, 1858), en la segunda de sus Cartas de Relación, su correspondencia con Carlos I, al describir la ciudad de México y su mercado donde dice: "Venden miel de abejas y cera y miel de cañas de maíz, que son tan melosas y dulces como el azúcar, y miel de unas plantas que llaman en las otras islas maguey, que es mucho mejor que arrope, y de esta planta hacen azúcar y vino, que asimismo venden."
      Tras la conquista de América, numerosos naturalistas, viajeros e historiadores nos informan en los siglos XVI y XVII (muchos no publicados hasta la actualidad) con sus escritos sobre la presencia y las utilidades de las distintas especies del género Agave, como Fuentes y Guzmán (1972), habla de las utilidades del maguey para la extracción del pulque (A. atrovirens Karw.); Miguel del Barco (1989) en su Historia Natural de la Antigua California, cuenta las utilidades del mezcal, o el Padre Vázquez de Espinosa (1969) en el siglo XVII, en su obra Compendio y descripción de las Indias Occidentales, destaca la existencia de jueces del pulque en México. F. Hernández (1942), protomédico del Nuevo Mundo, médico e historiador de Felipe II, rey de España y de las Indias, en su obra Historia de las plantas de Nueva España, menciona los nombres aplicados a algunas especies y sus usos más frecuentes y los ilustra. Esta obra tendría gran influencia en obras botánicas posteriores como en Historia Plantarum (1686-1704) de John Ray, reproduciendo en esta obra treinta y tres capítulos y veinte fragmentos de este autor, con diez capítulos que describen tipos de maguey, bajo el título general de "Aloes Americanae quaedam species e Fr. Hernandez Historia". En obras como la de Fray Bernardino de Sahagún (2001), Historia General de las cosas de la Nueva España, terminada en 1569, encontramos continuas referencias a las especies del género Agave: "El maguey era importante desde el punto de vista ritual, como las ofrendas al dios Macuilxóchitl, utilizando las puntas del maguey para hacer ofrendas de su propia sangre, o como en las fiestas al dios de los pescadores Opuchtli, al que ofrecían cosas de comer y uctli, el pulque, o en los sacrificios del mes segundo, tlacaxipeoaliztli, donde los cautivos bebían pulque". En esta obra, en el Códice Florentino, una de las copias que se conservan, se pueden observar dibujos de ágaves, en el libro undécimo. Los ágaves incluso son nombrados en obras cuyo contenido desde el punto de vista geográfico se encuentra bastante alejado de la Península de Yucatán, como en la del valenciano J. Gumilla (1741), El Orinoco Ilustrado y defendido. También encontramos referencias al género en obras como la de J. López de Velasco (1574), Geografía y Descripción Universal de Las Indias, cuando describe como los habitantes de la provincia de Cibola visten mantas de henequén (Agave fourcroydes Lem.), en la audiencia de Nueva Galicia, también conocida por Jalisco. 
      En cuanto al género Opuntia, se ha constatado la presencia de especies del género anteriores al impacto sobre el medio producido por el hombre en el Nuevo Mundo (Janzen, 1986), por ejemplo se han encontrado semillas de Opuntia en depósitos mexicanos lacustres datados en 24.000 años (Mata & Quintero, 1974), y en nidos fósiles anteriores a 40.000 años (Wells, 1966). Los cactos probablemente aparecieron en la zona sur de Sudamérica (Janzen, 1986), y debieron interaccionar evolutivamente con la megafauna sudamericana (gliptodontes, toxodontes, etc.), y posteriormente con la megafauna del Pleistoceno y Pre-Pleistoceno de Norteamérica.
       El género Opuntia ha sido desde tiempos de la conquista de América ampliamente documentado. Referencias a los usos de las distintas especies del género las encontramos en obras como la Geografía y Descripción Universal de las Indias, de Juan López de Velasco (1574), donde describe la existencia de grandes tunares en la Audiencia de Nueva Galicia (Jalisco), algunos de más de cuarenta leguas, o la Historia de las Indias Occidentales, de Gonzalo Fernández de Oviedo, en 1535, donde se representan ejemplares: "Hay unas plantas salvajes, que se nacen en los campos y yo no las he visto sino en la Isla Española, aunque en otras islas y partes de las Indias las hay. Llámanse tunas, y nascen de unos cardos muy espinosos, y hechan esta fruta que se llaman tunas".
      O como la obra de Francisco López de Gomara, en el siglo XVI, en su Historia General de las Indias, en dos volúmenes, dedicado el segundo a la Conquista de México, donde explica el orígen de la palabra Tenuchtitlán, como compuesta de dos partes, tetl, que significa piedra, y de nochtli, que es la fruta que en Cuba y Haití denominaban en esta época tunas, y describe esta fruta nochtli y el origen de México en el nopal que se encontraba en una piedra dentro de la laguna donde se fundó la ciudad de México. Esta leyenda también viene recogida en la obra del siglo XVI de Durán (1867): Historia de las Indias en la Nueva España, y en el Codex Mendoza, de 1541, compilado por los aztecas por orden de los conquistadores, en el Codex Badianus, de 1552, y en el Códice Aubin, de 1576, aparecen representaciones en color del género Opuntia. También en la obra de Fray Bernardino de Sahagún (2001), encontramos referencias al género, cuando habla de la flor de la tuna, que comían los aztecas en épocas de necesidad, o como en el capítulo 13 del libro octavo, cuando trata de las comidas de los señores, y habla de una fruta nochtli, las tunas, asimismo encontramos representaciones de las tunas en el libro undécimo y en el libro décimo capítulo 28, pero lo más relevante de esta obra es la descripción del libro undécimo capítulo sexto, donde describe doce tipos diferentes de tunas.
      También encontramos noticias de los nopales en la obra del siglo XVI del carmelita P. Antonio Vázquez de Espinosa (1969), Compendio y Descripción de las Indias Occidentales, por ejemplo, en el capítulo IX del Libro Tercero, cuando habla de la ciudad de Tlascala y otras ciudades, trata de la grana fina que se coge en el distrito.
      Andrés de Laguna ya citaba una especie en el Dioscórides (1570), O. ficus-indica, como habitante de Italia. Iconografía sobre el género se encuentra, por ejemplo, en los dibujos de la expedición de Malaspina (publicados entre 1789 y 1794) de los que varios corresponden a este género.
       Francisco Hernández, en el siglo XVI, les dedica una serie de doce capítulos. El titulado "nochtli seu tunarum genus" se ocupa de "enumerar sus distintas variedades, examinar sus propiedades y dar a conocer en qué lugares nace, de qué climas es propia, cuándo debe sembrarse y cuando florece y fructifica". Sus tipos los distingue con el triple criterio de las diferencias existentes entre sus flores, sus "hojas", y sus frutos (López, 2000). En consecuencia, afirma "que hay en la provincia mexicana, que yo sepa, siete especies de tunas", siendo una de ellas la chumbera común -O. ficus-indica (L.) Mill.- y las otras seis especies de Opuntia y Cylindropuntia (Engelmann) F. M. Knuth (López, 2000).
 
      Al igual que respecto al género Agave, la obra de F. Hernández tuvo repercusiones en las obras botánicas posteriores, como en la obra de J. Ray (1686-1704), Historia Plantarum, donde reproduce en uno de sus 33 capítulos la agrupación original de Hernández, con las ocho differentiae de tunas (López, 2000). En el Nuevo Mundo destaca la figura del presbítero Alzate (1777), que en su obra Memoria sobre la naturaleza, cuidado y beneficio de la grana, analiza la explotación de la cochinilla o grana para obtener el preciado pigmento (Lozoya, 1984).
 
                                                                     Bibliografía
 
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